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¿Es viable el diseño un “Plan Perú” similar al de Colombia? (*)



Cuando en 1999 la administración de Bill Clinton aprobó el llamado “Plan Colombia”, fue producto de la grave situación en la que se encontraba la administración de Andrés Pastrana a consecuencia del – aparentemente- incontenible avance, tanto del narcotráfico como de las guerrillas de las FARC y el ELN, que habían arrinconado estratégicamente al gobierno central, temiéndose incluso un desplome del Estado.

Algunos países como el Ecuador ya habían comenzado a tomar medidas concretas: ni bien se firmaron los Acuerdos de Brasilia con el Perú el 26 de Octubre de 1998, 1 de cada 5 efectivos de su ejército (es decir un total de 10,000 efectivos) fue desplazado a la frontera con Colombia; la cancillería ecuatoriana inició conversaciones con el Alto Comisionado de las Naciones Unidos para los Refugiados/ACNUR para el asesoramiento, financiación y puesta en ejecución de un plan destinado a ser aplicado para recibir grandes cantidades de refugiados, ante la eventualidad del derrumbe del Estado colombiano. Antes de dos años, el Ecuador ya estaba preparado para dicho escenario.

En Febrero de 1999, en una presentación ante el Colegio Inter-Americano de Defensa en Washington, D.C., el presidente Alberto Fujimori advirtió sobre “la amenaza que representaba Colombia para la estabilidad regional”, no haciendo distinción alguna entre el Estado y los grupos guerrilleros, palabras que obviamente molestaron mucho a Bogotá. A renglón seguido y con mucha fanfarria, desplazó 2,500 efectivos hacia una frontera de 1,600 kilómetros. Como decía Ernest Hemingway, nunca hay que confundir movimiento con acción. La medida peruana fue puro movimiento, no hubo acción por cuanto en el Comando Conjunto de la Fuerza Armada NO EXISTIA PLAN OPERATIVO ALGUNO PARA LA FRONTERA CON COLOMBIA. Fue un irresponsable uso político de un tema que –es cierto – sí tenía delicadas implicancias geopolíticas y estratégicas para la región.

Washington tenía serios y fundados motivos para proponer el “Plan Colombia”:

1. Desde el punto de vista geopolítico, Colombia es un país que limita con cinco países (potencial de dispersión y de proyección, dependiendo de si estamos hablando de refugiados o de guerrilleros, respectivamente); es el único país sudamericano efectivamente bioceánico; y por último, es muy cercano al estratégico Canal de Panamá.

2. En términos de narcotráfico, los cárteles de la droga no sólo exportaban más drogas en especial a los Estados Unidos, sino que tenían más poder financiero, hecho que les había permitido penetrar el tejido social y político de ese país.

3. El narcotráfico se había convertido en la principal fuente de ingresos de la guerrilla, ya sea por alianzas o por participación directa, algo que a mediados de la década pasada no quería aceptarse en el Congreso estadounidense – pese a los que sostenían la DEA, la CIA y el Pentágono-, bloqueándose asistencia miliar directa a Colombia porque influyentes legisladores como el senador Patrick Leahy (demócrata por Vermont), la vetaban, aduciendo que “una cosa era el narcotráfico y otra la guerrilla”.

4. El desplome de Colombia los hubiese obligado a intervenir militarmente, con o sin ayuda de países sudamericanos (algo a lo que dicho sea de paso, se oponía tajantemente el Brasil, por una serie de motivos que analizaremos más adelante.)

La elección de Alvaro Uribe en 2002, su decidida voluntad política y estratégica para combatir frontalmente a la guerrilla y el narcotráfico (en ese orden) y - hay que reconocerlo – importantes cambios doctrinarios y operacionales efectuados por las fuerzas armadas colombianas a partir de mediados de 1999, no sólo contuvieron a la guerrilla, sino que además la pusieron a la defensiva. Pese a ser reelecto en 2006, los críticos de Uribe y del “Plan Colombia”, sostienen que los miles de millones de dólares invertidos, no han disminuido ni debilitado al narcotráfico y no se ha derrotado ni política ni militarmente a la guerrilla. Esta última, en vista de los duros reveses sufridos, ha realizado adaptaciones y modificaciones doctrinarias y operacionales que en ciertos casos sorprendieron a las fuerzas del orden; y el primero de los nombrados se ha desplazado en dirección sur, es decir hacia nuestro país, en donde opera casi sin oposición en las áreas fronterizas (Puca Urco, Caballococha o Pebas), además de que en algunos casos ha establecido “alianzas estratégicas” (término tan manido que está muy de moda últimamente) con los poderosos cárteles mexicanos y en otros casos, ha sido desplazado por éstos e incluso por cárteles peruanos.

Es obvio que en el Perú, Sendero Luminoso ya no constituye la amenaza estratégica –entiéndase amenaza para nuestra viabilidad – porque sus principales líderes están en prisión, porque todavía lame sus heridas y porque está dividido (lo que dificulta una efectiva recomposición, pero para la que están trabajando, aprovechando la ceguera y estupidez estratégicas del sistema, lo que se traduce en los vacíos legales, la lenidad y a veces complicidad de jueces y fiscales, y un ambiente muy “políticamente correcto” que a como dé lugar trata de imponer los “estándares internacionales”.) No obstante, lo que sí podría alcanzar pronto esa categoría es el narcotráfico, no sólo por el incremento de las áreas de cultivo de la coca, el aumento de la producción de cocaína, la masificación del consumo de la misma y de la pasta básica, el peligroso – y poco comentado - aumento de las plantaciones de amapola, el arribo de cárteles colombianos y mexicanos, la aparición de cárteles peruanos, sino también por la base social e influencia política y a veces mediática que está consiguiendo. Diversos analistas especializados en el tema como Jaime Antezana y Fernando Rospigliosi han venido advirtiendo sobre el peligro de que nos convirtamos en una “narcorepública”.

En suma, a diferencia de la Colombia de fines de la década pasada, la amenaza – salvo una efectiva reestructuración y vuelta a la lucha armada por parte de Sendero Luminoso -, viene por el lado de un narcotráfico que actúa en múltiples planos y que cada vez adquiere más fuerza social y política. Es por ello que cabe preguntarnos: ¿Es necesario y factible un “Plan Perú” para nuestro país? ¿Es que no existe la claridad estratégica en nuestras élites para darse cuenta de la magnitud de la amenaza? ¿Es conveniente una masiva participación de Washington, con todas las implicancias que conlleva para otros de nuestros intereses de política exterior, más específicamente nuestras – esas sí, verdaderamente estratégicas- relaciones con el Brasil?

En Febrero de 2001, durante la administración de Valentín Paniagua, los Estados Unidos propusieron un plan de apoyo cívico y militar en la amazonía peruana, que llevaba por nombre “Nuevos Horizontes”, y en la que participarían 200 efectivos militares de ese país. Esto fue rechazado por el entonces congresista izquierdista Javier Diez Canseco, porque sostenía que sería el primer paso para una “invasión a Colombia”. Las actividades se llevarían a cabo en localidades situadas a 1,000 kilómetros de nuestra frontera con ese país, por lo que los argumentos de Diez Canseco eran ridículos, pero aún así fueron frustradas. Cabe señalar que hace unos meses esas actividades se realizaron en zonas deprimidas de Lambayeque y no hubo ningún problema.

Ya desde el año 2002 comenzaba a discutirse sobre la conveniencia de la aplicación de una medida de tantas implicancias geopolíticas, estratégicas, sociales y militares. Más específicamente, durante la visita de George W. Bush a Lima en Marzo de ese año, no llegándose a nada concreto.

Durante la pasada campaña presidencial peruana, el hoy presidente Alan García sí tocó el tema y volvió a reiterarlo en su visita de hace unas semanas a los Estados Unidos. Tanto el lugar como el momento eran propicios: la capital de la superpotencia, la cual está buscando impedir la proyección geopolítica del populismo mesiánico del venezolano Hugo Chávez. En esa misma ocasión, García se refirió al peligro del “fundamentalismo cocalero andino”, para referirse a Bolivia y a Evo Morales, claro peón de Chávez.

Si utilizamos variables de análisis geopolítico, comprenderemos mejor la advertencia que Alan García hizo en Washington respecto al potencial de desestabilización regional de lo que acertadamente denominó “fundamentalismo cocalero andino”. Dicho concepto encierra, a su vez, otros significados:

1. La identificación geográfica del conjunto estratégico andino (o remitiéndonos a Ray Cline, placa politectónica andina), que la inteligencia estadounidense llama el “arco andino de inestabilidad”, y del que somos parte importante por nuestra ubicación, extensión y recursos.

2. Un sentido de “destino manifiesto” (en la línea de lo que Karl Haushofer describió como “pan-ideas vitalizadoras”: el pan-eslavismo, el pan-germanismo y el pan-islamismo; es decir, fuerzas motoras de carácter espiritual, capaces de movilizar a grandes poblaciones y provocar conflictos.)

3. Aunado a esto último, el tomar como estandarte de lucha un producto de restringido uso ancestral, pero de amplio uso delictivo: la coca.

La preocupación es real, por cuanto la clave de la placa politectónica andina – aunque muchos no lo crean – la tiene Bolivia, país por demás importante geopolíticamente hablando. Los bolivianos, no hace mucho se han dado cuenta de ello, alertados por su potencial gasífero y la descarada intromisión, primero política y ahora también militar, de una Venezuela chavista que tiene una clara concepción geopolítica, así como la persistencia estratégica y los medios para intentar conseguir sus objetivos.

El primero que identificó la importancia de Bolivia fue el Capitán del Ejército Brasileño Mario Travassos en su libro Proyección Continental del Brasil (1931.) La describió, de un lado, como país-meseta, vinculado geológicamente a la estructura andina y, del otro, oscilando delante de las cuencas que desgastan sus flancos: la Amazónica (Brasil) y la del Plata (Argentina.) Más importante aún, Travassos identificó en su territorio al cruce de comunicaciones más importante del continente: el triángulo Santa Cruz-Sucre-Cochabamba, advirtiendo: “De todo este examen se puede fijar de un modo categórico el sentido político de Bolivia como el centro geográfico del continente y la causa eventual de conflicto armado, cuya proporción podrá hasta asumir el carácter de una verdadera conflagración” (refiriéndose a la rivalidad argentino-brasileña por influenciar en ese país y dicho sea de paso, una de las causas de su inestabilidad. Tampoco fue casualidad que hace 40 años Fidel Castro enviara al Che Guevara a Bolivia para “incendiar los Andes”, a partir de la locación de ese país.)

Ya no está presente esa rivalidad y el Che hace mucho que se encontró con su Hacedor, pero está un territorio con múltiple potencial (5 vecinos), ya sea de proyección (geopolítica y militar, de ahí las bases venezolanas) o de dispersión (en caso de una guerra civil, algo a lo que – todo lo indica - irremediablemente se encamina. Los argentinos ya están haciendo cálculos y tomando previsiones. Los chilenos, ni lo duden. ¿Y nosotros? Nada. Hace mucho que Relaciones Exteriores y Defensa tendrían que estar previendo probables escenarios y acciones.) Esto no es broma ni política-ficción. Una Bolivia agresiva o desestabilizada, devendrá en amenaza regional.

Es obvio que un eventual “Plan Perú”, independientemente de que apuntaría directamente al corazón de las actividades del narcotráfico (y que suponemos implicaría el libramiento de grandes sumas de dinero sobre todo para proyectos de infraestructura vial, los únicos que podrían ayudar al éxito de la estrategia de sustitución de cultivos porque esas zonas son verdaderos “ghettos geográficos”; para capacitar a la Policía Nacional, para planes de prevención, mayor cooperación de inteligencia, etc., además de una incrementada presencia permanente policial y militar estadounidense) también serviría para ese “gran juego” geopolítico que se está dando entre Washington y Caracas. La posición geopolítica central peruana es clave para una estrategia de contención política a una Bolivia y un Ecuador chavistas. Son servicios estratégicos que Lima bien puede prestar a Washington, a cambio de la aprobación del TLC o por lo menos de una ampliación indefinida del ATPDEA, algo que favorecería el proyecto de Sierra Exportadora.

Por otro lado están nuestras relaciones con el Brasil. La auspiciosa reciente visita de Alan García a ese país, pone de una vez por todas sobre el tapete la adopción de una serie de medidas bilaterales concretas como la construcción de las carreteras interoceánicas sur y norte, la participación peruana en el SIVAM y el SIPAM para controlar nuestros espacios amazónicos, combatir al narcotráfico y proteger al medio ambiente, entre otros), reuniones “2+2” entre los ministros de Relaciones Exteriores y de Defensa de ambos países, etc. Todo esto, dentro de la intención peruana de estrechar los lazos con Brasilia para reforzar nuestra estrategia de competencia “amistosa” con Chile, visando su proyección y la de los países del MERCOSUR en dirección al Asia-Pacífico, así como la recepción de lo que de esa zona venga hacia Sudamérica.

Durante el gobierno de Toledo, las relaciones Lima-Brasilia se afectaron negativamente por dos hechos:

  1. El inconsulto retiro – con Torre Tagle – de nuestro país del llamado G-20 por parte del entonces vicepresidente Raúl Diez Canseco, lo que molestó mucho a los brasileños por ser ellos uno de los principales impulsores (junto con la India y China) de un proyecto que busca erigir contrapesos a los Estados Unidos.
  2. La realización de las Operaciones Unitas, no en nuestra costa, sino en nuestra amazonía, algo que molestó más a Brasilia que lo del G-20 porque implicaba la presencia de tropas multinacionales en un espacio geopolítico que ellos buscan preservar como su bastión y zona de influencia.

Nos preguntamos: ¿Un “Plan Perú” no conllevaría – como antes se dijo -una incrementada y permanente presencia militar estadounidense en nuestra amazonía? ¿Cuál sería la reacción del Brasil? Salvo que se les incluyera activa y primordialmente, de rechazo total. Esto último podría, a su vez, traducirse en un fortalecimiento de los lazos con Chile y una preferencia para la proyección transpacífica. Por lo pronto, los asesores estratégicos del presidente Lula le han sugerido proponer en 2007 a los países de la región, la creación de unas Fuerzas Armadas Sudamericanas, siguiendo el modelo de la OTAN. En un análisis de Eleonora Gosman, publicado el pasado 19 de Noviembre en el diario Clarín de Buenos Aires, se indicaba que esta propuesta sería consecuencia del “recelo de las Fuerzas Armadas brasileñas, no confesado en voz alta, por el aumento de la presencia militar de Estados Unidos en la región”. Elaborada por el Núcleo de Asuntos Estratégicos dependiente de la presidencia del Brasil, la propuesta tiene una filosofía bastante definida que fue expresada por un vocero militar: “Esa integración puede tal vez impedir en el futuro una aventura militar o una presión de algún país sobre la región o sobre alguna nación sudamericana”. El objetivo es “una integración militar que permita defender los recursos naturales de la región”, entendiéndose por ello: un volumen de reservas de hidrocarburos más que respetable, es la mayor reserva de agua dulce del planeta y el área es sumamente rica en biodiversidad.

No nos queda sino ir sopesando los aspectos positivos y negativos que tendría un plan que incidiría más allá de nuestros intereses y objetivos, que podría plantear situaciones contradictorias entre los mismos y que por último podría afectar – no sabemos cómo - nuestras relaciones con Washington y Brasilia.



(*) Alberto Bolívar. Revista SOLO DEMOCRACIA Nº 3, Dic 06 / Ene 07

Brasil versus Venezuela




La grave crisis boliviana ha dejado muy en claro varios puntos: Primero, nuestro vecino sudoriental va camino (desgraciadamente) hacia una inviabilidad que se manifestará en una secesión vía implosión o explosión. La implosión se daría si es que pese a cierto nivel de violencia que no llega a la categoría de guerra civil, los departamentos aymaras y los departamentos cambas, finalmente acuerdan una división fáctica del país; por el contrario, la explosión se daría con una guerra civil declarada y sangrienta. Este último escenario debería preocuparnos más por el flujo de refugiados (decenas de miles) que recibirían Puno en particular y el sur peruano en general, con el peligro de hacerlos colapsar. Pregunta suelta: ¿Están (siquiera) considerando (conjuntamente) tal escenario Relaciones Exteriores, Defensa, Interior, Salud y Defensa Civil? No estaría de más hacerlo.

Segundo, el conflicto es una mezcla de ideología, odio étnico y modelos de desarrollo contrapuestos. Tercero, elementos exógenos como el abiertamente descarado intervencionismo venezolano y la más soterrada – pero igual de peligrosa – injerencia de la inteligencia cubana, podrían agudizar la crisis y los consiguientes niveles de violencia, incluso si ese no es el deseo de los mismos bolivianos. Cuarto y relacionado con esto último, el clarísimo pulseo entre Caracas y Brasilia. Hugo Chávez ha seguido insistiendo en su deseo de “intervenir militarmente en ayuda de Evo Morales”. Detengámonos un momento acá: ¿Cómo se daría tal apoyo? ¿A través de un puente aéreo desde Venezuela? Difícil, tendrían que atravesar espacios aéreos y marítimos de países como Perú y Brasil. ¿A través de “brigadas internacionales” compuestas por aymaras peruanos, chilenos y argentinos, así como de mapuches chilenos? Si esta es la forma, querría decir que ya están en proceso de organización. (¿El “ejército puneño” que propone el inefable Hernán Fuentes?) Me inclino por otra explicación: el potencial apoyo militar cubano-venezolano ya está hace tiempo en Bolivia a la espera de órdenes. Para eso fue que en 2006 Venezuela financió “puestos” militares (verdaderas oficinas de reclutamiento y entrenamiento) en territorio boliviano. Antes, durante y después de la reunión de Santiago, el presidente Lula ha sido muy claro (y duro) con Chávez: su país no permitirá una intervención militar foránea, venga de quien venga. Una guerra civil en Bolivia interrumpiría el abastecimiento de gas a su país. Otra explicación es que es consciente que ambos países están en curso de colisión. Unos datos ilustrativos: a fines de Noviembre de 2007, una encuesta realizada por la revista brasileña Veja al interior de sus fuerzas armadas indicó que el 63.5% de los militares brasileños creía que era posible un conflicto armado con los países vecinos. En cambio, entre una muestra de la población civil, el 57.9% no creía posible ese escenario. Sobre quiénes serían los potenciales enemigos, el 50% de los uniformados respondió que serían Venezuela y Bolivia. Esas y otras percepciones de amenaza (como la IV Flota de los Estados Unidos) se están reflejando en el acelerado proceso de rearme – convencional y no convencional – del Brasil.


(*) Alberto Bolívar. 18/Set/08

Rusia mueve sus fichas (*)



Como consecuencia del apoyo estadounidense a Georgia en la última crisis del Cáucaso, Moscú ha comenzado a mover sus fichas en el tablero geopolítico global, no sólo con gestos político-diplomáticos como el de anunciar que se opondrá en el Consejo de Seguridad de la ONU a la aplicación de nuevas sanciones contra Irán por su programa nuclear, sino con gestos y hechos estratégico-militares concretos, no en Eurasia, sino más bien en la zona de influencia directa de Washington: en Latinoamérica, aprovechando el creciente antagonismo que países como Venezuela y Bolivia sostienen con los EE.UU.

Primero, el anuncio de la probable venta del muy moderno sistema de defensa antiaérea Tor M-1 por parte de Rusia a Venezuela, sistema capaz de batir varios blancos simultáneamente a más de cien kilómetros de distancia; un claro mensaje al poder aéreo estadounidense; y también la adquisición de varios submarinos convencionales de última generación.

Segundo, el también anuncio de las próximas maniobras navales que navíos de guerra rusos – incluido el crucero con capacidad nuclear “Pedro El Grande”- sostendrán en noviembre próximo con sus pares venezolanos en el Mar Caribe, el cual siempre ha sido considerado muy importante en términos geoestratégicos por los EE.UU. La flotilla ya zarpó en dirección a Venezuela y es una clara respuesta directa a la presencia de navíos estadounidenses en el Mar Negro durante la crisis ruso-georgiana.

Tercero, la llegada a territorio venezolano de dos bombarderos estratégicos supersónicos rusos Tupolev-160, capaces de portar armas nucleares, los que conjuntamente con cazabombarderos Sukhoi-30 comprados por Chávez no hace mucho a Moscú, realizaron maniobras de patrullaje también en el Caribe, lo que obviamente irritó aun más a Washington.

Cuarto, la próxima firma de un convenio que convertirá a Rusia en el nuevo aliado de Bolivia – quien acaba de expulsar hace poco al embajador estadounidense – en la lucha contra las drogas, y que incluirá interdicción, es decir, la participación de aeronaves de combate. Estamos ahora hablando de la presencia efectiva rusa en el corazón de Sudamérica.

Todos estos gestos y anuncios, no sólo han irritado a los EE.UU., sino también al Brasil, país que está muy molesto por la creciente alianza diplomática y militar del gobierno de Caracas con Rusia, informó el sábado 20 de septiembre el diario O Estado de Sao Paulo. Un ministro, que no fue identificado, declaró que “Venezuela importa sin necesidad a América del Sur una disputa diplomática entre Estados Unidos y Rusia” (por lo del Cáucaso).


(*) Alberto Bolívar. Diario Expreso. 15/Ago/08

Problemas y Problemáticas de Inteligencia en la región




Fuente: Bolívar, Alberto. Revista AAinteligencia (Chile) Nº 2, Enero 2008


Es innegable que después de los ataques del 11/9 el mundo ingresó a una era de conflictos asimétricos en los que el uso de la inteligencia – humana o técnica – pasaría a tener un rol preponderante en el desarrollo de la mal llamada “guerra contra el terror” (1), tanto así que Robert Kaplan sostendría que “ante nosotros está la edad de oro de la inteligencia” (2). La verdad es que no se equivocó porque la mayoría de discusiones sobre el tema del terrorismo siempre giran en torno al uso o mal uso de la inteligencia, en especial cuando se enfoca el asunto en las llamadas “técnicas intrusivas”, que es un eufemismo para referirse al espionaje clásico o al basado en tecnología de punta, que obviamente afecta el derecho a la privacidad de las personas (3); cada día nos enteramos de nuevas tecnologías que son desarrolladas para su uso en actividades de inteligencia.

Esto ha originado, sobre todo en los Estados Unidos, que se discuta acerca de las libertades fundamentales que vienen siendo erosionadas en nombre de la seguridad nacional, y en razón de ello los escándalos de inteligencia no se han hecho esperar: politización (inteligencia “cocinada” para justificar la decisión política de invadir Irak), interceptaciones telefónicas sin orden de un juez, arrestos también sin orden de un juez e incluso la sospecha del uso de la tortura en los interrogatorios a presuntos terroristas.

Nuestra región, no obstante ser – al menos por el momento - relativamente periférica respecto a todos estos desarrollos contra el terrorismo islámico, tampoco ha estado exenta últimamente de discusiones y escándalos relacionados con la inteligencia, tal como este año se ha vivido en el Perú, Argentina, Colombia y Chile, tan sólo por nombrar unos pocos casos (4). ¿Por qué sucede esto tan a menudo? La respuesta creo que está en una serie de problemas no resueltos y en problemáticas aún no enfrentadas.

El primer gran problema no resuelto es el de confundir “inteligencia” con “espionaje”. Influidos por el cine y la literatura de ficción y porque los servicios secretos han tenido un origen, evolución y actuación de tipo castrense, se ha tendido a ver su uso muchas veces en términos de “nosotros, los amigos” y “ellos, los enemigos”, pese a vivir en democracias, dirigiendo su atención a todo aquel actor interno con el que se disienta y no importando si el tema en cuestión nada tiene que ver con la seguridad nacional, que en teoría es el marco general temático en el que debía desenvolverse la inteligencia. Hablamos en ese marco de la determinación de riesgos y amenazas, así como de oportunidades en el campo del desarrollo. En el juego democrático puede haber “adversarios”, mas no enemigos, salvo que en verdad ciertos actores decidan utilizar otras vías como la violenta, para la consecución de sus fines. En este caso el Estado tiene que defender a la sociedad, siempre dentro de la legalidad. Uno de sus instrumentos de defensa tiene que ser la inteligencia.

Hay también muchas veces desconocimiento por parte de los consumidores de lo que realmente significa la inteligencia, como actividad legal y legítima de todo Estado que se precie de ser previsor. No se entiende que su rol es extraer la certeza de la incertidumbre y facilitar una decisión coherente en un medio ambiente incoherente (5). Va a proporcionar la información con valor agregado que – en teoría – va a permitir al liderazgo nacional tomar las decisiones más adecuadas y pertinentes.

Alexander De Marenches – quien en una admirable muestra de continuidad nacional dirigió la inteligencia francesa con tres presidentes, entre 1970 y 1981-, didácticamente describe lo que es y su importancia: “En muchos aspectos, es también como el panel de instrumentos en un avión. En la cabina está el hombre que toma las decisiones: el piloto, el jefe del Estado. La información que está frente a él es vital. Sin ella no puede volar el avión con seguridad. Si el servicio de inteligencia ( el autor se refiere a la agencia central) es inepto, lleno de amateurs o de gente que es incompetente o estúpida o algo peor, impactará sobre el presidente, por no mencionar a sus ´pasajeros´ , es decir el pueblo que gobierna. Obviamente, también se debilitará su posición internacional, fallará su brújula y él no estará en posesión de todas las herramientas que le permitan elegir un curso directo hacia su destino” (6).

Se confunde el verdadero significado del adagio “conocimiento es poder”. Para que esto se cumpla, dice Betts, tiene que ser ingerido y digerido por quienes toman las decisiones(7). El ingerir implica recibir inteligencia que no necesariamente va a satisfacer sus expectativas o va a estar acorde con sus percepciones, creencias o prejuicios. Es acá donde se prueba la honestidad profesional de los productores de inteligencia: su deber es decirle al líder lo que necesita escuchar, que no necesariamente puede coincidir con lo que quisiera escuchar. Es difícil presentarle a un político evidencias que van contra todo el bagaje que trae consigo (incluido el psicológico). Todo esto último implica el digerir.

Dice Lowenthal que el consumidor tendría que ser consciente que la inteligencia sirve y es un subsirviente de la política, y trabaja mejor – tanto analítica como operacionalmente – cuando está ligada a objetivos de política claramente comprendidos (8) y obviamente definidos en términos del interés nacional, del Estado y no del gobierno de turno. En esta línea, aconseja Cherkashin que de alguna forma hay que asegurar que los servicios de inteligencia de los países dirijan sus actividades hacia la obtención de objetivos estratégicos apropiadamente definidos, en vez de seguir las intenciones políticas de sus líderes (9). Esto último es clave, por cuanto si un país no tiene definidos sus intereses nacionales permanentes – traducidos o no en la forma de objetivos nacionales -, no podrá hacer uso coherente de su sistema de inteligencia, diseñando y – es lo ideal - anticipando escenarios (10) favorables que visen la defensa, reforzamiento y proyección de dichos intereses (u objetivos). De no darse el caso, estará siempre tratando de formular políticas y estrategias reactivas – y no de iniciativa -, en un sistema internacional tan dinámico y complejo que, entre otras cosas, requiere coherencia de parte de los diversos actores nacionales.

Ahora bien, otro problema relacionado con el anterior es el de cuando el país no sólo no ha definido sus intereses permanentes, sino que además sus líderes son personas improvisadas que no tienen mayores conocimientos de los temas de seguridad nacional o de política exterior. Si estos son los casos, concordamos con la advertencia de Lacqueur, en el sentido de que la inteligencia siempre tendrá que operar adivinando, antes que conociendo las intenciones de su propio gobierno (11).

Este problema, sin lugar a dudas afectará el concepto tradicional de lo que Hulnick considera es el ciclo de inteligencia:

a) Quienes toman las decisiones determinan qué información necesitan y los directores de inteligencia traducen estas necesidades en requerimientos de recolección.

b) Se le asignan responsabilidades a los recolectores para buscar la data que se necesita.

c) Estos recolectan y reportan la data en bruto.

d) Los analistas evalúan la data en el contexto de otra información y de su propia amplia experiencia.

e) La “producción” convierte al análisis en reportes terminados.

f) Los productos son diseminados a los consumidores.

g) Los consumidores toman una decisión política y se vuelve a otra ronda de requerimientos (12).


Si yo, productor de inteligencia, no sé en verdad qué es lo que quiere mi principal consumidor (el presidente), adivinando sólo conseguiré viciar el ciclo entero de inteligencia. Este jamás será riguroso.

Un problema adicional – que también es posibilidad, si se sabe aprovechar – es el del exceso de información que hay en los tiempos actuales. Dice Hopple que los fracasos – o fallas - de inteligencia llevan siempre a pensar en la necesidad de recolectar más data y que esto es un mito por cuanto los analistas están casi siempre inundados con data. Lo que se necesita es más y mejor análisis (13), pero también – y en esto tienen mucha razón Berkowitz y Goodman – la lección es que el cómo es adquirida una información es un punto secundario. El tema real es qué clase de información se necesita para responder a una pregunta (14). En los tiempos de la internet y del auge de la inteligencia de fuente abierta (15), habrá un exceso de informaciones por analizar y procesar. Esto puede causar verdaderos cuellos de botella analíticos porque a veces la data sobre un mismo asunto es contradictoria. Sin embargo, es menester preparar a los analistas para un mejor manejo de las herramientas disponibles para la recolección y consiguiente análisis de la información de dominio público.

Esta revolución de las fuentes abiertas trae consigo otros problemas porque como son herramientas de dominio público, también pueden ser utilizadas por enemigos, adversarios o competidores estatales, o por enemigos no estatales como los grupos terroristas, quienes, por ejemplo, están usando Google-Earth para planificar ataques(16). ¿Qué se puede hacer? Muy poco en el caso de pequeñas y medianas potencias, por cuanto no tienen los recursos para usar camuflaje a gran escala de sus áreas vitales. Tendría que ser un gigantesco – y muy costoso- esfuerzo de contrainteligencia (CI). La India pudo engañar a los satélites estadounidenses antes de sus pruebas nucleares de Mayo de 1998, pero fue una acción específica sobre un área específica: sus sitios de pruebas nucleares. No obstante, la moraleja estratégica es que en algunas instancias los satélites sí pueden ser engañados.

Ya que hemos tocado el punto de la contrainteligencia, se da el problema de que ante la posibilidad que actores no estatales planifiquen acciones violentas contra el país, ¿en qué medida debe aplicarse la CI? Es conocido el axioma que “todo acto terrorista está precedido por un ataque de inteligencia”; por lo tanto, si un país tiene una buena estructura de CI podrá detectar y frustrar esos intentos. Al nivel de las instituciones del Estado, creo que no sólo es obvio sino también necesario tomar las debidas previsiones en ese campo, pero ¿qué hacemos con las instituciones importantes que son privadas y que son blancos actuales o potenciales de una operación de inteligencia hostil? ¿Les pedimos permiso para plantar agentes? ¿Quién va a autorizar las pertinentes medidas intrusivas? ¿Cómo determinar qué organizaciones legales pueden estar por adoptar métodos de lucha ilegales y por ende hay que infiltrarlas?.

Si aceptamos que la debilidad en términos de CI es algo muy malo, un exceso de la misma puede ser peor, como fue el caso del programa COINTELPRO en los EE.UU., conducido por décadas hasta 1975 contra izquierdistas, líderes negros y opositores a la guerra de Vietnam.

En el campo de las relaciones internacionales siempre estará presente la posibilidad del conflicto interestatal – es simple sentido común estratégico y realpolitik -, por lo que los sistemas de inteligencia buscarán descubrir cuándo y cómo otros pueblos reaccionan igual que nosotros, y cuándo reaccionan de manera diferente (17). El énfasis, por tanto, estará puesto en la obtención de inteligencia principalmente política. Esta, indica Lacqueur, es muy subjetiva. Algo de ella comprende masas de data sobre elecciones, tendencias políticas, encuestas y opinión pública, pero la mayor parte de la inteligencia política tiene que ver con asuntos menos cuantificables: lo que los líderes piensan y lo que aspiran hacer, cómo funcionan las sociedades y cómo reaccionan frente a estímulos y cambios (18).

Esta clase de inteligencia puede obtenerse de fuente abierta – merced a un buen análisis -, pero también a través del espionaje (humano o técnico). Si un país logra plantar a un espía o tiene a un agente de influencia en el círculo inmediato de la toma de las decisiones gubernamentales de otro país, obtendrá – o confirmará – inteligencia política de primer orden. Es obvio que si esta penetración es descubierta por la CI del otro país, se producirá un problema que puede afectar a la relación en su conjunto.

Otro problema es el de la cooperación internacional en materia de inteligencia para hacerle frente a las llamadas “nuevas amenazas”, representadas por actores asimétricos y no estatales como los grupos terroristas o las mafias organizadas. Por más necesaria que ésta sea, veo problemática su concreción por el mal recuerdo de la “Operación Cóndor”. Lo que es más, creo que la izquierda regional buscaría frustrarla.

También relacionado con lo anterior está la problemática de la cooperación no tanto entre servicios de inteligencia, sino más bien entre sistemas o comunidades de inteligencia. Francisco Galvache Valero definiría comunidad de inteligencia como “un sistema integrado por las agencias y organismos relevantes en tal materia, que sirven a los objetivos estratégicos del Gobierno de la nación, de forma coordinada gracias a la labor de una estructura de superior nivel que promueve y garantiza las relaciones y la conectividad necesarias, a los niveles y por los procedimientos adecuados, y en orden a optimizar los resultados.” (19)

Una cosa es que un país tenga algunos buenos servicios secretos y otra que puedan funcionar en conjunto, como sistema. Las fallas de la inteligencia estadounidense en 1941 (Pearl Harbor) y 2001 (11/9) no fueron fallas de agencias consideradas individualmente, sino que fueron fallas sistémicas. (20) Esa es la gran enseñanza que hay que extraer: si no se conforman sistemas o comunidades de inteligencia en cada país, será muy difícil una cooperación efectiva y eficiente en el campo de las amenazas asimétricas como el terrorismo. Parafraseando a Galula, diremos que promover el desorden – que es lo que buscan esos actores asimétricos – es un objetivo que consideran legítimo porque sirve para socavar la fortaleza y la autoridad del Estado. Lo que es más, el desorden es barato para crear y muy costoso para prevenir. (21)

¿Deben las agencias principales de cada comunidad o sistema de inteligencia encargarse tanto de los asuntos externos como de los domésticos? Mi opinión es que esa es casualmente una de las razones de muchos de los abusos: se concentra demasiado poder de información en una sola agencia, en países como los nuestros, muchas veces con bajos niveles de institucionalidad democrática. En la mayoría de nuestros países no hay controles efectivos de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial (generalmente los abusos son denunciados por la prensa), por lo que deberían crear una agencia para la inteligencia externa y otra para la de índole doméstico, siguiéndose el ejemplo estadounidense (CIA-FBI), ruso (SVR-FSB), israelí (Mossad- Shin Bet), francés (DGSE-DST) y británico (MI-6/MI-5). No constituyen contrapesos perfectos (¿acaso existen?), pero ese sistema es mejor al preponderante en nuestra región.

Por último tenemos la problemática de la privatización de las actividades de inteligencia. Si aceptamos que los controles de la inteligencia en la región son débiles, esa situación está tendiendo a agravarse con la llamada “tercerización – oficial o informal - de las actividades de inteligencia”. Por ejemplo, en el caso peruano la Ley del Sistema de Inteligencia Nacional de 2006 no contempla provisiones para estos casos. Hay agencias privadas de seguridad – cuyos dueños casi siempre son oficiales castrenses en situación de retiro - que también están realizando actividades de inteligencia para consumidores privados, sin estar autorizados para ello, a diferencia de lo que viene sucediendo en los EE.UU. (22) Si esta va a ser la tendencia regional, entonces esperemos un desborde de la variedad de problemas antes mencionados.

A modo de colofón debo decir que son grandes los problemas, las problemáticas y los retos de inteligencia en nuestra región. Es por ello que hay que crear conciencia y cultura de inteligencia. Que nuestros pueblos la vean como la primera línea de defensa, como un instrumento legal y legítimo de los Estados; que nuestros líderes la vean y la empleen como una herramienta auxiliar para la toma de decisiones en los asuntos de Estado; que no la empleen mal – como sucede muy a menudo - porque corren el riesgo que terminen usándola en la misma forma que un borracho usa un poste de luz...para buscar apoyo en vez de iluminación (23).


Notas

(1) El general británico Rupert Smith, entrevistado en Military History (Mayo 2007, pp. 14-15, Why we can´t win a ´war on terror´), sostiene que no es posible hablar de una “guerra contra el terror” porque el terror es un método. Es lo mismo que se hablara de ganar “ la guerra contra el yoga”. Es autor del libro The Utility of Force: The Art of War in the Modern World (Nueva York: Alfred Knopf, 2007).

(2) “The Golden Age of Intelligence is Before Us”, entrevista en Salon.com del 20 de Septiembre de 2001.

(3) En su libro Enemies of Intelligence: Knowledge & Power in American Nacional Security (Nueva York: Columbia University Press, 2007, p. 160), Richard K. Betts sostiene que el término privacidad se refiere a la limitación de los medios del gobierno para adquirir conocimiento de las asociaciones, comunicaciones y actividades de los individuos.

(4) “Ofertaban informe secreto de la Marina sobre Sendero. Capitán Carlos Barba también vendía reglaje a ambientalistas”, en La República del 30 de Abril de 2007; Edmundo Cruz, “Ofertaron más de mil informes. A través de canal controlado por la Marina”, en La República del 1 de Mayo de 2007; César Romero, “Empresas de seguridad privadas compran y venden información de inteligencia”, en La República del 1 de Mayo de 2007 (Perú). “Werner Pertot, “Una lección poco inteligente: la investigación por espionaje ilegal en Trelew”, en Página-12 del 23 de Mayo de 2007; “Kirchner destituye al jefe del espionaje militar: El general Montero conspiró para que releven a la ministra de Defensa”, en El País del 23 de Noviembre de 2007; Darío Gallo, “Mi teléfono está pinchado”, en El Mundo del 4 de Diciembre de 2007; “Otro jefe de inteligencia desplazado de su cargo”, en Página-12 del 13 de Diciembre de 2007; Christian Sanz, “El periodismo y el dinero de la SIDE”, en www.uruguayinforme.com del 14 de Diciembre de 2007 (Argentina). “Detenido un ex jefe de los espías de Colombia por vínculos con los paras”, en El País del 23 de Febrero de 2007; Juan Forero, “Traffickers Infiltrate Military in Colombia: Officers Provided Secret Information on U.S. Navy”, en The Washington PostSemana del 11 de Noviembre de 2007; “Ministro de Defensa colombiano no excluye que espionaje a Uribe sea estatal”, en Globovisión del 11 de Diciembre de 2007 (Colombia). Matt Malinowski, “Chile legislators angered by intelligence monitoring of Green NGOs”, en Santiago Times del 14 de Diciembre de 2007 (Chile). del 8 de Septiembre de 2007; “La infiltrada”, en

(5) Richard K. Betts, Surprise Attack: Lessons on Defense Planning (Washington, D.C.: The Brookings Institution, 1982), p. 102.

(6) Alexander De Marenches, con David Andelman, The Fourth World War: Diplomacy and Espionage in the Age of Terrorism (Nueva York: William Morrow & Co.,1992), p. 113.

(7) R.K. Betts, Enemies of Intelligence, p. 15.

(8) Mark M. Lowenthal, Intelligence: From Secrets to Policy (Washington, D.C.: CQ Press, 2000), p. xi.

(9) Viktor Cherkashin, con Gregory Feifer, Spy Handler (Nueva York: Basic Books, 2005), p. 312.

(10)En su artículo “Scenarios, contingencies and war”, Mackubin Thomas Owens sostiene que una de las herramientas más importantes de los planificadotes es el “escenario”, el cual es una imaginaria secuencia de eventos que les permite probar a las creencias convencionales, confrontándolas con una variedad de futuros alternativos. A menudo los escenarios parecen implausibles, pero basta mirar a eventos recientes para reconocer que “implausible” no es la misma cosa que “no puede suceder”. The Washington Times del 4 de Diciembre de 1996.

(11)Walter Lacqueur, The Uses and Limits of Intelligence (New Brunswick y Londres: Transaction Books, 1993), p. 94.

(12)Arthur S. Hulnick, “The Intelligence Producer-Policy Consumer Linkage: A Theoretical Approach”, Intelligence and National Security 1, N° 2, Mayo 1986, pp. 217-18, 220-23, citado en R.K. Betts, Enemies of Intelligence, p. 15.

(13)Gerald W. Hopple, “Intelligence and Warning: Implications and Lessons of the Falklands Islands War”, World Politics, Invierno 1984, p. 344. Una falla de inteligencia es la incapacidad de una o más partes del ciclo de inteligencia para producir inteligencia oportuna y precisa sobre un tema o evento de importancia para los intereses nacionales. Mark M. Lowenthal, “The Burdensome Concept of Failure”, en Intelligence: Policy & Process, editado por Alfred C. Maurer, Marion D. Tunstall y James M. Keagle (Boulder, CO: Westview Press, 1985), p. 51.

(14)Bruce Berkowitz y Allan Goodman, Strategic Intelligence for American National Security (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1991), p. 76.

(15)Clive Thompson, “Open-Source Spying”, en The New York Times del 3 de Diciembre de 2006; Pamela Hess, “Spies Relying More on Open Sources”, en The Washington Post del 6 de Diciembre de 2007.

(16)“Terrorists use Google maps to hit UK troops”, en Daily Telegraph del 13 de Enero de 2007; “Un general de EE.UU. lamenta las capacidades de Google Earth”, en El Comercio del 22 de Junio de 2007.

(17) Karl Deutsch, “Solución de Problemas: El Método Basado en la Conducta”, en Arthur S. Hoffman (compilador), Las Comunicaciones en la Diplomacia Moderna (Ciudad de México: DIMELISA, 1976), P. 92.

(18) Walter Lacqueur, The Uses and Limits of Intelligence, p. 104.

(19)Francisco Galvache Valero, “La formación de la comunidad de inteligencia española: un proceso en marcha”, en Al Servicio del Estado: Inteligencia y Contrainteligencia en España, Arbor, Número Monográfico. No. 709, Tomo CLXXX, Madrid, CSIC, Enero de 2005, p. 195.

(20) Relata Richard Betts en Enemies of Intelligence, p.127, que el ex director de la CIA George Tenet, tres semanas antes de los ataques del 11/9, en una entrevista que parece trágicamente premonitoria, agonizaba ante la perspectiva de una catastrófica falla de inteligencia. “Entonces el país querrá saber”, advirtió Tenet; “por qué no hicimos aquella inversión; por qué no pagamos el precio; por qué no desarrollamos la capacidad”.

(21) David Galula, Counterinsurgency Warfare: Theory and Practice (Westport, CT: Praeger Security Internacional, 1964, 2006), p. 6.

(22) Greg Miller, “Spy Agencies Outsourcing to Fill Key Jobs”, en Los Angeles Times del 17 de Septiembre de 2006; Tim Shorrock, “The corporate takeover of U.S. intelligence”, en Salon.com del 1 de Junio de 2007; Patrick Radden Keefe, “Don´t Privatize our Spies”, en The New York Times del 25 de Junio de 2007; R.J. Hillhouse, “Who Runs the CIA? Outsiders for Hire”, en The Washington Post del 8 de Julio de 2007; “Espías contratados: la tercerización llegó a la CIA”, en La Nación del 14 de Julio de 2007; R.J. Hillhouse, “The Value of Private Spies”, en The Washington Post del 18 de Julio de 2007; Dana Hedgpeth, “Blackwater´s Owner Has Spies for Hire”, en The Washington Post del 3 de Noviembre de 2007.

(23) Thomas L. Hughes, “The Fate of Facts in a World of Men: Foreign Policy and Intelligence Making Process”, Headline Series N° 23 (Washington, D.C.: Foreign Policy Association, 1976), p. 24. Citado en Loch K. Johnson, U.S. Secret Agencies in a Hostile World (Yale University Press, 1996), p. 27.

Perspectivas Geopolíticas 2006-2011 (*)



Quien asuma la presidencia de la República, deberá tener muy en claro que el próximo lustro será decisivo para configurar la imagen-objetivo de país que queremos y nos permita, en la primera mitad del siglo XXI, posicionarnos geopolítica, estratégica y comercialmente en la competitiva era de la globalización y en un entorno sudamericano que exigirá prontas e imaginativas definiciones en los ámbitos interno y externo. Situados en lo que ahora se denomina el “arco andino de inestabilidad”, el principal reto será el de sentar las bases geopolíticas e institucionales que aseguren nuestra viabilidad, a partir de la definición de aquellos intereses nacionales permanentes que le proporcionen claridad, coherencia y continuidad al accionar colectivo, estatal y privado. En última instancia, la viabilidad, dependerá de si logramos constituirnos en un sistema de eficiencia colectiva, diseñando una geoestrategia nacional que articule los diversos componentes del poder y potencial para la consecución de los objetivos de mediano y largo plazo que deberán establecerse.

Internamente, imprescindible será, a través de la creación de no más de seis macrorregiones, descentralizar el poder, acabar con la tensión Lima-periferia y transformarla en una saludable relación dialéctica que permita la óptima ocupación y desarrollo sostenido del hinterland; el rápido aumento de los índices geoviales, a través de obras transversales y longitudinales que servirán también para comunicar a las hasta hoy zonas cocaleras con los mercados internos y externos; la masificación del consumo interno del gas de Camisea y una concepción estratégica de desarrollo en seguridad de nuestras fronteras.

Internacionalmente, dicha geoestrategia deberá optimizar, en términos de una muy pragmática y desideologizada política exterior, la principal cualidad geopolítica del Perú: su condición de –junto con el Brasil- país central, respecto a la Comunidad Andina y el MERCOSUR. La priorización de las relaciones con ese país deberá, en especial a lo que a su proyección a la Cuenca del Pacífico por nuestros puertos se refiera, forjar vínculos geoeconómicos que permitan materializar la proyectada asociación estratégica –y no una alianza militar- para contrapesar la creciente estatura estratégica de un Chile que ya se ve como país desarrollado y aliado extra OTAN para el 2010, cuyos intereses no siempre concuerdan con los nuestros y que –todo lo indica- se aviene a pacientemente estudiar fórmulas para solucionar la mediterraneidad de Bolivia, y en las que pretenderá involucrarnos más de lo debido. Deberemos hilar muy fino con Bolivia para que cuando Chile le alcance una propuesta que requiera nuestra opinión, ésta sea “positiva y constructiva”, claro está, después que hayamos solucionado la anomalía marítima existente con este último país.

Evitaremos sobresaltos, si nuestra política de seguridad y defensa, sin entrar en carrera armamentista alguna, con imaginación encuentra las fórmulas que -antes del 2011- permitan que nuestras FFAA recuperen un nivel aceptable de operacionalidad convencional y paralelamente, desarrollen capacidades asimétricas, las que, en combinación, nos proporcionarán una postura disuasiva real y creíble, hoy inexistente.


(*) Alberto Bolívar. Diario La Primera, 11/Abr/06

Bush regrets Irak invasion based on Intelligence failure

Entrevista a Henry Kissinger

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