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    Alberto Bolívar Ocampo. Politólogo. Profesor de Geopolítica en los Institutos Armados, el CAEN y la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

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¿Es viable el diseño un “Plan Perú” similar al de Colombia? (*)



Cuando en 1999 la administración de Bill Clinton aprobó el llamado “Plan Colombia”, fue producto de la grave situación en la que se encontraba la administración de Andrés Pastrana a consecuencia del – aparentemente- incontenible avance, tanto del narcotráfico como de las guerrillas de las FARC y el ELN, que habían arrinconado estratégicamente al gobierno central, temiéndose incluso un desplome del Estado.

Algunos países como el Ecuador ya habían comenzado a tomar medidas concretas: ni bien se firmaron los Acuerdos de Brasilia con el Perú el 26 de Octubre de 1998, 1 de cada 5 efectivos de su ejército (es decir un total de 10,000 efectivos) fue desplazado a la frontera con Colombia; la cancillería ecuatoriana inició conversaciones con el Alto Comisionado de las Naciones Unidos para los Refugiados/ACNUR para el asesoramiento, financiación y puesta en ejecución de un plan destinado a ser aplicado para recibir grandes cantidades de refugiados, ante la eventualidad del derrumbe del Estado colombiano. Antes de dos años, el Ecuador ya estaba preparado para dicho escenario.

En Febrero de 1999, en una presentación ante el Colegio Inter-Americano de Defensa en Washington, D.C., el presidente Alberto Fujimori advirtió sobre “la amenaza que representaba Colombia para la estabilidad regional”, no haciendo distinción alguna entre el Estado y los grupos guerrilleros, palabras que obviamente molestaron mucho a Bogotá. A renglón seguido y con mucha fanfarria, desplazó 2,500 efectivos hacia una frontera de 1,600 kilómetros. Como decía Ernest Hemingway, nunca hay que confundir movimiento con acción. La medida peruana fue puro movimiento, no hubo acción por cuanto en el Comando Conjunto de la Fuerza Armada NO EXISTIA PLAN OPERATIVO ALGUNO PARA LA FRONTERA CON COLOMBIA. Fue un irresponsable uso político de un tema que –es cierto – sí tenía delicadas implicancias geopolíticas y estratégicas para la región.

Washington tenía serios y fundados motivos para proponer el “Plan Colombia”:

1. Desde el punto de vista geopolítico, Colombia es un país que limita con cinco países (potencial de dispersión y de proyección, dependiendo de si estamos hablando de refugiados o de guerrilleros, respectivamente); es el único país sudamericano efectivamente bioceánico; y por último, es muy cercano al estratégico Canal de Panamá.

2. En términos de narcotráfico, los cárteles de la droga no sólo exportaban más drogas en especial a los Estados Unidos, sino que tenían más poder financiero, hecho que les había permitido penetrar el tejido social y político de ese país.

3. El narcotráfico se había convertido en la principal fuente de ingresos de la guerrilla, ya sea por alianzas o por participación directa, algo que a mediados de la década pasada no quería aceptarse en el Congreso estadounidense – pese a los que sostenían la DEA, la CIA y el Pentágono-, bloqueándose asistencia miliar directa a Colombia porque influyentes legisladores como el senador Patrick Leahy (demócrata por Vermont), la vetaban, aduciendo que “una cosa era el narcotráfico y otra la guerrilla”.

4. El desplome de Colombia los hubiese obligado a intervenir militarmente, con o sin ayuda de países sudamericanos (algo a lo que dicho sea de paso, se oponía tajantemente el Brasil, por una serie de motivos que analizaremos más adelante.)

La elección de Alvaro Uribe en 2002, su decidida voluntad política y estratégica para combatir frontalmente a la guerrilla y el narcotráfico (en ese orden) y - hay que reconocerlo – importantes cambios doctrinarios y operacionales efectuados por las fuerzas armadas colombianas a partir de mediados de 1999, no sólo contuvieron a la guerrilla, sino que además la pusieron a la defensiva. Pese a ser reelecto en 2006, los críticos de Uribe y del “Plan Colombia”, sostienen que los miles de millones de dólares invertidos, no han disminuido ni debilitado al narcotráfico y no se ha derrotado ni política ni militarmente a la guerrilla. Esta última, en vista de los duros reveses sufridos, ha realizado adaptaciones y modificaciones doctrinarias y operacionales que en ciertos casos sorprendieron a las fuerzas del orden; y el primero de los nombrados se ha desplazado en dirección sur, es decir hacia nuestro país, en donde opera casi sin oposición en las áreas fronterizas (Puca Urco, Caballococha o Pebas), además de que en algunos casos ha establecido “alianzas estratégicas” (término tan manido que está muy de moda últimamente) con los poderosos cárteles mexicanos y en otros casos, ha sido desplazado por éstos e incluso por cárteles peruanos.

Es obvio que en el Perú, Sendero Luminoso ya no constituye la amenaza estratégica –entiéndase amenaza para nuestra viabilidad – porque sus principales líderes están en prisión, porque todavía lame sus heridas y porque está dividido (lo que dificulta una efectiva recomposición, pero para la que están trabajando, aprovechando la ceguera y estupidez estratégicas del sistema, lo que se traduce en los vacíos legales, la lenidad y a veces complicidad de jueces y fiscales, y un ambiente muy “políticamente correcto” que a como dé lugar trata de imponer los “estándares internacionales”.) No obstante, lo que sí podría alcanzar pronto esa categoría es el narcotráfico, no sólo por el incremento de las áreas de cultivo de la coca, el aumento de la producción de cocaína, la masificación del consumo de la misma y de la pasta básica, el peligroso – y poco comentado - aumento de las plantaciones de amapola, el arribo de cárteles colombianos y mexicanos, la aparición de cárteles peruanos, sino también por la base social e influencia política y a veces mediática que está consiguiendo. Diversos analistas especializados en el tema como Jaime Antezana y Fernando Rospigliosi han venido advirtiendo sobre el peligro de que nos convirtamos en una “narcorepública”.

En suma, a diferencia de la Colombia de fines de la década pasada, la amenaza – salvo una efectiva reestructuración y vuelta a la lucha armada por parte de Sendero Luminoso -, viene por el lado de un narcotráfico que actúa en múltiples planos y que cada vez adquiere más fuerza social y política. Es por ello que cabe preguntarnos: ¿Es necesario y factible un “Plan Perú” para nuestro país? ¿Es que no existe la claridad estratégica en nuestras élites para darse cuenta de la magnitud de la amenaza? ¿Es conveniente una masiva participación de Washington, con todas las implicancias que conlleva para otros de nuestros intereses de política exterior, más específicamente nuestras – esas sí, verdaderamente estratégicas- relaciones con el Brasil?

En Febrero de 2001, durante la administración de Valentín Paniagua, los Estados Unidos propusieron un plan de apoyo cívico y militar en la amazonía peruana, que llevaba por nombre “Nuevos Horizontes”, y en la que participarían 200 efectivos militares de ese país. Esto fue rechazado por el entonces congresista izquierdista Javier Diez Canseco, porque sostenía que sería el primer paso para una “invasión a Colombia”. Las actividades se llevarían a cabo en localidades situadas a 1,000 kilómetros de nuestra frontera con ese país, por lo que los argumentos de Diez Canseco eran ridículos, pero aún así fueron frustradas. Cabe señalar que hace unos meses esas actividades se realizaron en zonas deprimidas de Lambayeque y no hubo ningún problema.

Ya desde el año 2002 comenzaba a discutirse sobre la conveniencia de la aplicación de una medida de tantas implicancias geopolíticas, estratégicas, sociales y militares. Más específicamente, durante la visita de George W. Bush a Lima en Marzo de ese año, no llegándose a nada concreto.

Durante la pasada campaña presidencial peruana, el hoy presidente Alan García sí tocó el tema y volvió a reiterarlo en su visita de hace unas semanas a los Estados Unidos. Tanto el lugar como el momento eran propicios: la capital de la superpotencia, la cual está buscando impedir la proyección geopolítica del populismo mesiánico del venezolano Hugo Chávez. En esa misma ocasión, García se refirió al peligro del “fundamentalismo cocalero andino”, para referirse a Bolivia y a Evo Morales, claro peón de Chávez.

Si utilizamos variables de análisis geopolítico, comprenderemos mejor la advertencia que Alan García hizo en Washington respecto al potencial de desestabilización regional de lo que acertadamente denominó “fundamentalismo cocalero andino”. Dicho concepto encierra, a su vez, otros significados:

1. La identificación geográfica del conjunto estratégico andino (o remitiéndonos a Ray Cline, placa politectónica andina), que la inteligencia estadounidense llama el “arco andino de inestabilidad”, y del que somos parte importante por nuestra ubicación, extensión y recursos.

2. Un sentido de “destino manifiesto” (en la línea de lo que Karl Haushofer describió como “pan-ideas vitalizadoras”: el pan-eslavismo, el pan-germanismo y el pan-islamismo; es decir, fuerzas motoras de carácter espiritual, capaces de movilizar a grandes poblaciones y provocar conflictos.)

3. Aunado a esto último, el tomar como estandarte de lucha un producto de restringido uso ancestral, pero de amplio uso delictivo: la coca.

La preocupación es real, por cuanto la clave de la placa politectónica andina – aunque muchos no lo crean – la tiene Bolivia, país por demás importante geopolíticamente hablando. Los bolivianos, no hace mucho se han dado cuenta de ello, alertados por su potencial gasífero y la descarada intromisión, primero política y ahora también militar, de una Venezuela chavista que tiene una clara concepción geopolítica, así como la persistencia estratégica y los medios para intentar conseguir sus objetivos.

El primero que identificó la importancia de Bolivia fue el Capitán del Ejército Brasileño Mario Travassos en su libro Proyección Continental del Brasil (1931.) La describió, de un lado, como país-meseta, vinculado geológicamente a la estructura andina y, del otro, oscilando delante de las cuencas que desgastan sus flancos: la Amazónica (Brasil) y la del Plata (Argentina.) Más importante aún, Travassos identificó en su territorio al cruce de comunicaciones más importante del continente: el triángulo Santa Cruz-Sucre-Cochabamba, advirtiendo: “De todo este examen se puede fijar de un modo categórico el sentido político de Bolivia como el centro geográfico del continente y la causa eventual de conflicto armado, cuya proporción podrá hasta asumir el carácter de una verdadera conflagración” (refiriéndose a la rivalidad argentino-brasileña por influenciar en ese país y dicho sea de paso, una de las causas de su inestabilidad. Tampoco fue casualidad que hace 40 años Fidel Castro enviara al Che Guevara a Bolivia para “incendiar los Andes”, a partir de la locación de ese país.)

Ya no está presente esa rivalidad y el Che hace mucho que se encontró con su Hacedor, pero está un territorio con múltiple potencial (5 vecinos), ya sea de proyección (geopolítica y militar, de ahí las bases venezolanas) o de dispersión (en caso de una guerra civil, algo a lo que – todo lo indica - irremediablemente se encamina. Los argentinos ya están haciendo cálculos y tomando previsiones. Los chilenos, ni lo duden. ¿Y nosotros? Nada. Hace mucho que Relaciones Exteriores y Defensa tendrían que estar previendo probables escenarios y acciones.) Esto no es broma ni política-ficción. Una Bolivia agresiva o desestabilizada, devendrá en amenaza regional.

Es obvio que un eventual “Plan Perú”, independientemente de que apuntaría directamente al corazón de las actividades del narcotráfico (y que suponemos implicaría el libramiento de grandes sumas de dinero sobre todo para proyectos de infraestructura vial, los únicos que podrían ayudar al éxito de la estrategia de sustitución de cultivos porque esas zonas son verdaderos “ghettos geográficos”; para capacitar a la Policía Nacional, para planes de prevención, mayor cooperación de inteligencia, etc., además de una incrementada presencia permanente policial y militar estadounidense) también serviría para ese “gran juego” geopolítico que se está dando entre Washington y Caracas. La posición geopolítica central peruana es clave para una estrategia de contención política a una Bolivia y un Ecuador chavistas. Son servicios estratégicos que Lima bien puede prestar a Washington, a cambio de la aprobación del TLC o por lo menos de una ampliación indefinida del ATPDEA, algo que favorecería el proyecto de Sierra Exportadora.

Por otro lado están nuestras relaciones con el Brasil. La auspiciosa reciente visita de Alan García a ese país, pone de una vez por todas sobre el tapete la adopción de una serie de medidas bilaterales concretas como la construcción de las carreteras interoceánicas sur y norte, la participación peruana en el SIVAM y el SIPAM para controlar nuestros espacios amazónicos, combatir al narcotráfico y proteger al medio ambiente, entre otros), reuniones “2+2” entre los ministros de Relaciones Exteriores y de Defensa de ambos países, etc. Todo esto, dentro de la intención peruana de estrechar los lazos con Brasilia para reforzar nuestra estrategia de competencia “amistosa” con Chile, visando su proyección y la de los países del MERCOSUR en dirección al Asia-Pacífico, así como la recepción de lo que de esa zona venga hacia Sudamérica.

Durante el gobierno de Toledo, las relaciones Lima-Brasilia se afectaron negativamente por dos hechos:

  1. El inconsulto retiro – con Torre Tagle – de nuestro país del llamado G-20 por parte del entonces vicepresidente Raúl Diez Canseco, lo que molestó mucho a los brasileños por ser ellos uno de los principales impulsores (junto con la India y China) de un proyecto que busca erigir contrapesos a los Estados Unidos.
  2. La realización de las Operaciones Unitas, no en nuestra costa, sino en nuestra amazonía, algo que molestó más a Brasilia que lo del G-20 porque implicaba la presencia de tropas multinacionales en un espacio geopolítico que ellos buscan preservar como su bastión y zona de influencia.

Nos preguntamos: ¿Un “Plan Perú” no conllevaría – como antes se dijo -una incrementada y permanente presencia militar estadounidense en nuestra amazonía? ¿Cuál sería la reacción del Brasil? Salvo que se les incluyera activa y primordialmente, de rechazo total. Esto último podría, a su vez, traducirse en un fortalecimiento de los lazos con Chile y una preferencia para la proyección transpacífica. Por lo pronto, los asesores estratégicos del presidente Lula le han sugerido proponer en 2007 a los países de la región, la creación de unas Fuerzas Armadas Sudamericanas, siguiendo el modelo de la OTAN. En un análisis de Eleonora Gosman, publicado el pasado 19 de Noviembre en el diario Clarín de Buenos Aires, se indicaba que esta propuesta sería consecuencia del “recelo de las Fuerzas Armadas brasileñas, no confesado en voz alta, por el aumento de la presencia militar de Estados Unidos en la región”. Elaborada por el Núcleo de Asuntos Estratégicos dependiente de la presidencia del Brasil, la propuesta tiene una filosofía bastante definida que fue expresada por un vocero militar: “Esa integración puede tal vez impedir en el futuro una aventura militar o una presión de algún país sobre la región o sobre alguna nación sudamericana”. El objetivo es “una integración militar que permita defender los recursos naturales de la región”, entendiéndose por ello: un volumen de reservas de hidrocarburos más que respetable, es la mayor reserva de agua dulce del planeta y el área es sumamente rica en biodiversidad.

No nos queda sino ir sopesando los aspectos positivos y negativos que tendría un plan que incidiría más allá de nuestros intereses y objetivos, que podría plantear situaciones contradictorias entre los mismos y que por último podría afectar – no sabemos cómo - nuestras relaciones con Washington y Brasilia.



(*) Alberto Bolívar. Revista SOLO DEMOCRACIA Nº 3, Dic 06 / Ene 07

Artículos sobre Terrorismo en América Latina




(*) Latin America’s Terrorist and Insurgent Groups: History and Status
by Prof. Alberto Bolívar, Strategos Institute, Lima, Peru

http://www.fpri.org/pubs/200605.bolivar.latinamericaterrorism.pdf

(*) The Return of Shining Path
by Alberto Bolivar

http://www.fpri.org/enotes/20020405.bolivar.returnofshiningpath.html

Terrorismo en Perú: 1980-2001(*)


(*) Albert0 Bolìvar. Tomado del libro: "Combating Terrorism: Strategies of Ten Countries", Yonah Alexander (ed.), The Michigan University Press, 2002.

Texto completo: http://www.press.umich.edu/pdf/0472098241-ch3.pdf

THIS DOES NOT PRETEND to be a story of the twenty years of political violence in Peru that left more than thirty thousand dead and $25 billion in damages but is instead a critical analysis of the actors involved in this revolutionary war process and the strategic successes and mistakes that led to the war’s conclusion. Primarily, the conflict involved Sendero Luminoso (SL, or Shining Path), the smaller Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA), and the Peruvian state. Both insurgent and state forces made serious and decisive mistakes during the conflict. But in the end the former were defeated because they committed more mistakes than the state forces and also because the latter, almost a decade after the beginning of the armed struggle on May 17, 1980, developed a different and more or less efficient counterinsurgency strategy than they had devised previously1.

The strategic defeat of SL and MRTA would not have been possible without the critical participation of the rural civil population, which forged an alliance with the security forces as part of that new approach in the late 1980s. This was, of course, the organization of self-defense committees (or rondas campesinas), which in the end broke Sendero’s strategic backbone.

In the late 1980s and early 1990s, Peru was on the brink of collapse. The existence of the state, the survival of the nation, and the stability of a region were at stake. A small, ruthless, but organized and dedicated revolutionary organization almost destroyed the country. How did this happen? Why was the response so ineffectual until 1988–89? Carlos Tapia, a Peruvian counterinsurgency expert, says that in only a few instances in Latin American history has there been a case in which frivolity, inaction, or covert conciliation in the face of terrorist subversion took a country to the edge of collapse.

Also there have been few cases in which one can find so many mistakes committed by politicians and military leaders who had the responsibility for fighting the subversion and who facilitated its expansion and development over several years. From the beginning of the insurgency, both the civilian and military leaders failed to understand the real nature of the threat as a revolutionary war machine whose main objectives were political, although the primary symptoms felt were the military actions of the Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP, or Popular Guerrilla Army), the armed branch of the SL. Sendero leader Abimael Guzmán structured the SL as an iceberg: the EGP acted on the surface, but the most important action took place under it.2 The Peruvian security establishment failed to understand that this insurgency was different from the one that took place in 1965, which was easily infiltrated and destroyed. Consequently, it required a new counterinsurgency approach.3 As this essay will demonstrate, Sendero also managed to wage a very efficient asymmetrical war that provoked and made the state’s initial response late, disproportionate, flawed, and counterproductive.

AN ATYPICAL INSURGENCY

Wars, conventional and unconventional, are never fought in the same way. In 1965, Peru suffered an insurgency inspired by the doctrine and strategy of Che Guevara, the Latin American revolutionary. The intention of the insurgents was to mobilize, organize, and lead the peasants to an armed uprising. The problem was that they lacked the organizational structure, ideological coherence, material means, and intelligence concerning the sociopolitical environment to perform that kind of task. As indicated previously, the insurgents were easily infiltrated and were promptly destroyed by the security forces. Che Guevara became a legend but not an example.4 From the early stage in the organization of the armed party to conduct revolutionary warfare against the Peruvian state and society, Guzmán kept in mind the mistakes committed in 1965. He then set about creating a war machine within the framework of Marxism-Leninism- Maoism. According to the American counterinsurgency specialist William Ratcliff, Shining Path is one of the most unusual guerrilla organizations in Latin American history. Maoist parties have existed in the Western Hemisphere since the early 1960s, but no Maoist guerrilla force has ever caused as much unrest and destruction as this originally provincial group from the Andes.5 SL strategy also differed from traditional theoretical and experiential frameworks because the interplay of variables in Peru contradicted the existing scholarly theories of revolution developed during the Cold War. According to some of these theories, political exclusion was a key impetus to revolution. In the case of Peru, however, political exclusion was not a key factor. Rather, between 1980 and 1991, elections in Peru were fair and the electoral process was inclusive. Marxist parties participated in the political process, electoral and otherwise. Whereas the Marxist Frente Farabundo Martí (FMLN) participants in El Salvador frequently cited political exclusion

as the main reason for their decision to join the movement, participants in Shining Path did not say that political exclusion caused them to join that organization.6 It was not pure serendipity but cold reasoning that led Guzmán to choose the proper political and strategic moment for the Inicio de la Lucha Armada (ILA, or Beginning of the Armed Struggle). “Silvia,” a Sendero member interviewed by American political scientist Robin Kirk, pointed out that Guzmán’s genius resided in his ability to choose the moment for his political project.7 The declaration of war was issued with the Chuschi attack of May 17, 1980, one day before the elections that were to mark Peru’s return to democracy after twelve years of military rule (1968–80). The candidates included the center-leftist Armando Villanueva of the Aprista Party and Fernando Belaúnde Terry, the very person who had been overthrown by the military in 1968. Belaúnde Terry won in a landslide and began the transition to democracy, coming to power on July 28, 1980. The Sendero leader knew that there was going to be great distrust between the government and the military. This was especially true in the case of Belaúnde Terry, who thought that the intelligence he was receiving about an insurgency was a ruse to allow the military to retain some degree of power. In reality, the military did not pay much attention to what it regarded as a minor insurrection, certainly no worse than the uprising that had occurred in 1965. What the military could not imagine was that Guzmán’s plan for the ILA would fully exploit the mistakes in organization, tactics, security, and mobility that were committed by the 1965 insurgents. Sendero insurgency was atypical and could not be found in the classical standards and manuals of counterinsurgency. Silvia was right. The political environment was ideal for Guzmán: the civil and military authorities distrusted each other and lacked exact knowledge of the real nature of the threat. Some of these problems would continue during Alan García’s administration (1985–90).8

ORGANIZATION OF THE SHINING PATH

Guzmán created a very closed, secretive organization, described by British expert J. Bowyer Bell as one hidden within a protective ecosystem, an underground that both protects and punishes.9 Joining the Shining Path had elements of a rite of initiation into a religious sect or, worse, an armed sect of true believers driven by what Bell calls the dream.10 These elements were not only the source of the energy driving the armed struggle, but they also largely determined the dynamic of that struggle. Few security or military analysts study or understand the sociological phenomenon of true believers or their dreams. All movements that opt for the armed struggle are shaped and circumscribed in large part by the need to turn a dream into reality. Rebels have great dreams, and Sendero was no exception. Its dream was transcendental and commanding, with promises of salvation and redemption. It offered an end to grievances and a future appropriate to a new reality. Never was the absolute dream impure for the true believer. Others may find flaws outside the organization, but the rebels see none.11

But besides the dream Guzmán needed a different kind of revolutionary organization. Peruvian anthropologist Carlos Iván Degregori says that most classic guerrilla groups clearly underestimate the role of bureaucratic organization in the making of their movements and in shaping society in general. Guzmán represented the culmination of a shift from romanticism to calculation. He built an authoritative organization and converted it, by its own definition, into a war machine. He coldly planned for mass death because the triumph of the revolution would cost a million deaths, as he said in a televised appearance days after his capture on September 24, 1992.12

Although revolutionary organization is seldom defined, for many scholars the term includes the organization’s ideology, strategy, structure, and leadership. In one model, American political scientists Raj Desai and Harry Eckstein emphasize the importance of visionary and innovative ideas that are advanced with zeal as well as of a combat party that can make fervor efficient—that is, identify where the party is likely to gain adherents, mobilize and retain members, identify friends and enemies, and plot a plausible path to power.13 Guzmán’s recognition of the need for such an organization was also caused by the fact that terrorist and guerrilla groups have an organizational momentum that works in their favor in the face of government countermeasures. Guerrillas tend to plan well in advance, conduct detailed reconnaissances, and have the forces deployed for operations of prolonged and enhanced activity. Guerrillas are engaged in a war of attrition, and only after time and multiple demonstrations of countermeasures will they give ground.14 Sir Robert Thompson, one of Britain’s main counterinsurgency strategists, says that the individual in a threatened society could have been attracted during the first phase by the original cause—the dream. But in the second phase there will be much less attraction, and the individual will be most influenced by the efficiency of the revolutionary organization and the tensions that revolutionary war creates.15 The March 2, 1982, Sendero assault on the Huamanga prison—located in Huamanga, the capital city of Ayacucho—freed dozens of imprisoned guerrillas, provided a great attraction, and resulted in many new recruits. With this spectacular military action, SL proved that it was not an “armchair” revolutionary organization but a real and efficient one. From that date, it was seen as completely different from previous revolutionary organizations and the static rhetoric of the Peruvian Left. When insurgents can demonstrate relative military and organizational achievements, their chances for gaining support increase, especially if the government is inept, lethargic, and incompetent.

This concept, advanced by the U.S. National Defense University’s Bard E. O’Neill, may sound trite, but it is a truism that people generally gravitate toward the side perceived to be winning.16 Unfortunately, the Peruvian state was inept, lethargic, and incompetent. The Sendero developed a rigorous system of internal discipline that ensured its growing success in the first years of the war. Each new candidate for membership submitted entirely to the party’s authority, writing out the fullest possible self-criticism and waiting humbly for the party’s judgment of it. Again and again, recalls the journalist John Simpson, “I was to notice a certain look about Shining Path’s true believers: a calmness, a total certainty which came from the complete relinquishment of personal ideas, ambitions and feelings, and a wholehearted acceptance of Gonzalo’s—Guzmán’s nom de guerre—thinking.”17

There was a dream, there was an organization, and also there was a revolutionary elite. Michael Radu, a scholar at Philadelphia’s Foreign Policy Research Institute and one of America’s leading counterinsurgency experts, defines revolutionary elite as the group of individuals who have political, military, or ideological control over decision making within revolutionary movements. Revolution is summarily defined as a political, economic, ideological, and social project, not necessarily fulfilled but at least characterized by one overall goal: the radical restructuring of the entire society, from the distribution of wealth and property to the level of individual mentalities. Revolutionary elites are ideologically aware, decisionmaking, revolutionary professionals.18

Sendero reflected one of the most important features of Maoism: the dependence upon a highly charismatic and unchallenged leader. From the start, Guzmán built up his personality cult. After he went underground, his megalomania and his pro-Maoist and pro- Stalinist ideological bias permitted him to transform his already unchallenged control over Sendero into a godlike, mythical omnipresence. 19 When men with such a makeup are either perceived to have supernatural qualities or manifest impressive speaking skills and a dynamic, forceful personality, they frequently are able to motivate others to join their cause through their example and persuasiveness, as was the case with Guzmán.20 One of his maxims was: “strategic centralization, tactical decentralization.” No decision was made without his consent at the strategic level. Before his capture, American scholars William and Sandra Hazleton mentioned that analysts agreed that he was the chief architect of a very hierarchical and bureaucratic party that was, at the same time, decentralized to a considerable degree. This meant that long-range strategic planning and major political decisions were made by the national leadership but implementation was generally left in the hands of the regional zone commanders and sector and local cells.21 In the end, as Boston University’s terrorism expert David Scott Palmer says, one of the factors limiting Sendero was its dependence on a single leader. This is one reason why Guzmán’s organization began to crumble almost immediately after his capture on September 12, 1992.22

The Rand Corporation’s Gordon McCormick correctly described the importance of Guzmán as the force behind the scene. In retrospect, it can be said that Guzmán carefully cultivated an image of genius and omnipresence among his followers, who often appeared to be as enamored of the man and his image as of the goals and objectives of the organization. Authority and control within Sendero, in this respect, appeared to hinge on some variant of what has been termed by Ann Ruth Willner as “the charismatic leader-follower relationship.” Such a relationship is based on four elements. The group leader, in this case Guzmán, is believed to possess a unique vision of the future and superhuman qualities. Group followers unquestionably accept the leader’s views, statements, and judgment. They comply with his orders and directives without question. They give the leader unqualified devotion.

McCormick continues by saying that, although this relationship can be subject to a breakdown over time, when it is operative it results in a unique bond between the leader of an organization and its rank and file membership. The leader under this condition is much more than the mere head of the group. For a period of time, at least, he commands absolute authority and is regarded as a historic figure by his followers, who assume the role of disciples. A relationship of this nature will result in close group unity. It will also tend to limit the role of the organization’s secondary or midlevel leadership, whose principal role in the eyes of the membership will be to serve as a link between the leader and those who are sent out to do his or her bidding.23 That is why when Alberto Fujimori took office as president of Peru in 1990 he decided that the two pillars of his government would be international economic and financial reassertion and a counterinsurgency strategy at every level of government rather than just a focus on military aspects. But his main weapon would be the intelligence that allowed him to target the leaders of Sendero through the combined efforts of the National Directorate against Terrorism (DINCOTE) and the National Intelligence Service (SIN). He knew that the key to the strategic defeat of Sendero was to behead the organization, that is, to capture Guzmán. As mentioned previously, this strategic objective was spectacularly achieved on September 12, 1992; after that, the organization crumpled like a house of cards.

THE GOALS OF SENDERO LUMINOSO

As a political and military organization, SL had from the beginning a single goal: to take over the national government of Peru by applying an adaptation of Mao’s strategy to surround the cities from the countryside. Thompson reminds us that in revolutionary war the aim is always political. As Mao stated: “Politics is war without bloodshed: war is politics with bloodshed.”24

According to Robin Kirk, Guzmán’s plans responded to a revolutionary ideal that did not envision a reformed Peru but rather a destroyed Peru, thus extirpating every last vestige of capitalism from Peruvian soil.25 For Gerónimo Inca, Sendero’s first stage (democratic revolution) was to take power through a prolonged or unitary people’s war, by which war was conceived as a combined assault. Again, Mao’s strategy of dominating the countryside and then encircling the cities was at the heart of Guzmán’s plan.26 This prolonged war had three components: strategic defense, strategic equilibrium, and strategic offensive. The plan was for the military arm, now called the Ejército Popular de Liberación (EPL, or Popular Liberation Army), to establish the República Popular del Perú, or People’s Republic of Peru. It is interesting to note that when Sendero began its people’s war the objective was to establish a República Popular de Nueva Democracia, or People’s Republic of New Democracy.27 This change, according to Peruvian expert Carlos Tapia, indicates that Sendero’s initial philosophy of struggle was poorly conceived and had abstract and ideological political objectives not well understood by the peasant masses.28 Thus, Guzmán adapted his rhetoric and developed a new plan more acceptable to his target constituency.

STRATEGY OF THE SENDERO LUMINOSO

Sendero’s revolutionary warfare was the embodiment of the Maoist definition: a form of warfare that enables a small, ruthless minority to gain control by force over the people of a country and thereby to seize power by violent and unconstitutional means.29 French military analyst Col. Georges Bonnet has advanced the following equation to explain revolutionary warfare:

RW _ G _ P,

where RW stands for revolutionary war, G stands for guerrilla tactics, and P stands for political and psychological activities. Bonnet and other French military analysts concluded that in revolutionary war the military tactics of the guerrilla are secondary to the central strategic objectives of destroying the legitimacy of the target government through the establishment of a counterideology and counterinstitutions. Thus, it was the objectives sought, and the central importance placed on political warfare and psychological operations in achieving them, that differentiated revolutionary war from other forms of irregular combat. Mao Zedong was the first person to systematically apply this formula.30 Prior to 1990, Peruvian civilian and military authorities missed the most important point of Guzmán’s movement. As a result, they countered Sendero only in the military aspects of its actions and did not seek to affect what was below the surface of the Peruvian revolutionary reality. Thus, Peruvian government forces militarized what from the start should have been a mainly political approach to containing the insurgents. Sendero’s main strategy was the use of terrorism in the countryside.

Éxitos de Inteligencia contra Sendero(*)




La muerte de Héctor Aponte Sinarahua, más conocido como camarada Clay, constituye el más importante éxito de inteligencia operacional desde la captura del camarada Feliciano en julio de 1999, pero no ha sido el único, ya que casi de inmediato cayeron en Lima y Ayacucho Carlos Becerra Romero y Alejandro Canecillas Quispe, respectivamente, quienes también eran importantes mandos militares de SL. Varias Conclusiones podemos extraer al respecto:

  1. La Dircote nunca cesó en su trabajo de inteligencia y siempre ha estado capturando a terroristas requisitoriados, lo que institucionalmente implica una estrategia de inteligencia coherente, continua y de largo aliento. Es un perseverante, fino y silencioso trabajo de inteligencia que simplemente no se resalta tanto en la prensa porque no hay la orden de presentar a los detenidos vistiendo trajes a rayas.
  2. En el caso de Clay, es indudable que al más alto nivel hubo la decisión política de acelerar el esfuerzo de inteligencia, lo que a su vez implicó:

a) Despliegue de agentes e informantes –apoyo de la población- en el campo, lo que de por sí constituye un trabajo operacional no sólo difícil, sino además riesgoso.

b) Usar una parte del nuevo presupuesto asignado para la lucha contraterrorista y ofrecer una jugosa recompensa por la cabeza de Clay, tal como informa la revista Caretas en su última edición. En Malaya (1948-1960), los británicos consiguieron grandes éxitos usando un buen sistema de recompensas. Lo mismo se hizo en Perú la década pasada como parte de un marco legal para combatir al terror, instrumento imprescindible para esta clase de guerra y que no existe en la actualidad, algo que reclamé en esta columna los días 12 y 26 de diciembre de 2005. Como parte de ese marco legal debe darse una nueva Ley Contraterrorista y una nueva Ley de Arrepentimiento. En el caso de las normas sobre recompensas y arrepentimiento no debe verse como dinero gastado, sino más bien como dinero bien invertido.

  1. El sistema de inteligencia del sector Interior está funcionando y los

resultados saltan a la vista no sólo en la lucha contra el terror, sino también contra la delincuencia común, tal como lo señalé la semana pasada.

  1. En especial en la zona del VRAE se está dando una mejor relación

operacional y de inteligencia entre los estamentos policiales y sus contrapartes de las fuerzas armadas, lo que implicaría que en términos de sistema de inteligencia nacional, éste ya comienza – esperemos que no tardíamente – a funcionar.

No obstante las importantes caídas de Clay y de los otros mandos militares de Sendero, se inicia el nuevo reto de inteligencia que es prepararse para:

- cuanto antes, determinar quiénes serán sus reemplazos; sus antecedentes políticos y policiales – si es que los tienen, porque si fueron captados a corta edad es muy poco lo que se va a saber- y sus capacidades organizativas y militares, y

- capturarlos a la brevedad posible.



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